domingo, 28 de junio de 2009

50 minutos



Ayer estuve en el parque de atracciones, si a mi edad y disfrutando como un loco de todas y cada una de las atracciones en las que pude montarme. El caso es que ayer recibí una lección de las que no se olvidan.

Después de 50 interminables minutos de cola para montarme en una atracción llamada "los rápidos" donde lo más difícil es terminar seco, nos montamos junto con una pequeña familia compuesta de Madre, Hija e Hijo. Tras un recorrido de lo más divertido viendo como todos éramos víctimas de los enfurecidos remolinos de agua, de malvados chorros puestos a drede por la mente más calenturienta y de terroríficas cascadas de las que no conocen clase ni religión, llegamos al fin de la divertida aventura. Mis acompañantes y yo nos bajamos y nos percatamos que esa pequeña familia no se levantaba dispuesta a repetir la aventura. Fruto de la más intrepida imprudencia no se me ocurre otra cosa que preguntarle a la madre de los chicos que si se podía dar otra vuelta sin esperar cola. La respuesta, y aquí el por qué de esta historia, fue contundente: "mi hija tiene una minusvalía (señalando a una silla de ruedas que estaba aparcada a mi lado) y nos dejan esta cortesía para no tener que esperar cola" Con una sensación de tierra trágame, me di la vuelta pensando en lo afortunado que era por tener que esperar esa insufrible cola de 50 minutos.

Como alguien me ha preguntado que tiene que ver la imagen con el texto, es una muestra que el ser diferente no implica ser peor. Este arbolito era diferente a todos los que había en el parque. Todos verdes, grandes, robustos, dando la sensación que aguantarían un terremoto. Entre ellos este frágil y débil arbusto, pero con una belleza tal que hacía sombra a sus hercúleos vecinos.

4 comentarios:

  1. Don Carlos: Como siempre en su estilo. Chapeau.

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  2. Querido Enrique, para mi es todo un placer tenerte en este rinconcito de la blogosfera. Pasa y hazte un hueco que siempre serás bienvenido.

    Un fuerte abrazo,

    Carlos

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  3. A veces no valoramos lo que tenemos y nos pasamos la vida quejándonos.
    Enhorabuena por tener los ojos abiertos.

    Un abrazo.

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  4. Ya sabes Arturo que somos como la paloma de Goethe, que protesta contra el aire sin darse cuenta que es lo que le permite volar.

    Fuerte abrazo

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